Forjadas, una vida adornada por el oficio

Forjadas, una vida adornada por el oficio

Por Lucía Nieves Cortés

 


La tendencia adornarse es intrínseca a nuestra humanidad y está relacionada con una importante necesidad de crear vínculos con nuestro entorno y formar comunidades: los adornos, tales como las joyas y otro tipos de ornamentos, son potentes portadores de mensajes que median entre ​nosotros​ y los ​otros​. Precisamente, esta necesidad de encontrar mediación en una comunidad dió pie a ​Forjadas​, de Patricia Valenzuela y Sebastián Rodríguez, un proyecto de investigación y creación en orfebrería contemporánea basado en el estudio de la ornamentación de edificios históricos de la ciudad de Santiago. El proyecto en su primera versión, se concentró en el barrio Yungay para traducir, a una serie de pequeñas y preciosas joyas de orfebrería en cobre, las técnicas de la herrería patrimonial, un oficio que llega hasta nosotros a través de la historia trazando un recorrido que nos une a nuestras raíces árabes y españolas. Su motivación comenzó con el interés de generar propuestas de creación que fueran un aporte al trabajo que desde hace años realizan ciudadanos del Barrio Yungay, una singular comunidad emplazada en un sector histórico de la ciudad de Santiago de Chile que actualmente se distingue por su fuerte cohesión y movilización en defensa del patrimonio cultural, social y arquitectónico.

 


Chile cuenta con un invaluable patrimonio arquitectónico que, más allá de los edificios institucionales, cuenta con poca protección. De hecho en el ámbito de la vivienda, las estructuras antiguas se encuentran de facto amenazadas a desaparecer y desde el barrio Yungay se lidera hace años un lucha que es ejemplo de ello. Este barrio fue parte de la primera expansión urbana planificada al oeste de la Plaza de Armas. Desde sus inicios, fue un barrio mixto, en el cual habitaban tanto las clases más acomodadas de la ciudad -como lo testimonian su grandes casas señoriales y hermosos pasajes-, así como las clases obreras -ubicadas en humildes viviendas, cités y conventillos. En barrios como este, que fueron espacios de desarrollo y florecimiento urbano, se pensó y construyó una ciudad en que belleza y humildad eran vecinas. Aquí se practicó una arquitectura de dimensiones generosas, hermosos ornamentos y un cuidado trabajo artesanal, donde hasta una cañería de desagüe era objeto de laboriosa ejecución y embellecimiento. En sus más distinguidas estructuras, arquitectos, constructores y artesanos engalanaron las fachadas con hermosas “joyas” —portones, balaustradas, rosetones, relieves y otros— cual dignas señoras que ofrecían su nobleza tanto hacia la calle como al interior. En las superficies de estos edificios quedó la huella de hábiles manos que se abrían hacia la ciudad en la creación de un hermoso entorno.
El tiempo fue dejando huellas menos favorables sobre barrios como Yungay. Las clases acomodadas que originalmente se asentaron en aquellos sectores, encontraron mayor exclusividad hacia el extremo opuesto de la Plaza de Armas y se fueron desplazando hacia la cordillera como queriendo huir lo más lejos de aquel sueño de una sociedad heterogénea. La ciudad creció dándole la espalda al centro. Esto sometió a los barrios históricos, en cuyas fachadas y construcciones quedó grabado el más fiel testimonio de la centenaria historia de la ciudad y su gente, a una especie de prolongado paréntesis de olvido y abandono. Hacia fines del siglo XX, el efecto de grandes terremotos como el de 1985 y luego de políticas de planificación urbana que privilegian una modernización demoledora, se convirtieron en una condena de muerte para sectores como el Barrio Yungay. So pretexto una dudosa noción de progreso, el patrimonio constructivo del país fue estigmatizado, tildandolo de insalubre, imposible e incluso peligroso y reemplazandolo por el monocultivo de altas torres de habitáculos pobres en valor identitario, incluso material, operando en función de generar mayores ganancias para un minúsculo grupo de inversionistas externos. Ante esta difícil realidad y el poco interés de las agencias gubernamentales, lo que ha quedado a salvo, a duras penas, ha sido gracias al comprometido trabajo de las comunidades activas y organizadas, como es el caso del Barrio Yungay, que fue pionero en Chile en la defensa del rico patrimonio tanto material como inmaterial de su zona urbana, alcanzando en el 2009 una de las escasas figuras legales que provee de una mínima protección patrimonial: la zona típica.


Valenzuela y Rodríguez buscan desde su oficio, la orfebrería, valerse de este rico patrimonio para concientizarnos sobre la importancia de su protección, tanto por ser una parte fundamental de la historia de la ciudad, como también por ser una fuente de alternativas para un mejor vivir en el futuro, en especial mediante un reencuentro con los oficios que dieron su fisonomía al barrio. Este objetivo se logra tendiendo puentes: entre sí mismos, como vecinos, artistas y el Barrio; entre la historia de la ciudad y sus ciudadanos; entre los oficios que ornamentan casas y aquellos dedicados al cuerpo. Con esto en mente, llevaron a cabo una investigación de la historia, las formas y técnicas de los trabajos de herrería, acompañada de la documentación fotográfica de ejemplos aún existentes en el barrio. A esta documentación le siguió la experimentación técnica y material, principalmente sustituyendo el hierro con cobre, de profundo significado para Chile, y buscando reproducir en pequeño los gestos ornamentales y las soluciones mecánicas para la creación de diversas piezas de joyería. La traducción de un oficio a otro parece bastante lógica. Después de todo, tanto la herrería como la orfebrería se dedican a realizar adornos en metal: la primera para edificaciones y espacios y la segunda para el cuerpo humano. Sin embargo en una comparación entre ambos oficios podemos identificar puntos que a primera vista parecen contrapuestos, pero que es posible unir tras un mayor análisis. Estos se relacionan principalmente a lo que consideramos necesidad y exceso.
Llamamos joyas a pequeños objetos, que son el resultado del trabajo manual y creativo de un joyero u orfebre, cuyo espacio de exhibición o lienzo es el cuerpo, forman parte del vestuario, custodian nuestras memorias, dan a entender algo a los demás sobre nosotros mismos, nuestros gustos, preferencias, y también sobre nuestra identidad y nuestra historia y vinculación personal y familiar. Desde la filosofía y las ciencias sociales se entiende que los adornos, incluida la joyería, pertenecen al ámbito de los ​excesos​, aquello que no cumple una función estrictamente utilitaria. Sin embargo, desde un estudio etimológico de los términos con que nombramos a las joyas, al menos en castellano, aprendemos, que entre ellos, ​alaja proviene del árabe ​al-hagah​ y significa ​lo necesario.​ Si bien las joyas no siempre cumplen una clara función utilitaria -ni nos albergan, ni nos alimentan-, encierran una potente función simbólica que es constitutiva del ser humano. Son necesarias para quienes somos, porque condensan mensajes identitarios y los vinculan con la experiencia estética de lo pequeño y precioso. De hecho el fenómeno de la joyería , como parte de aquella tendencia humana a la ornamentación, es y siempre ha sido ubicuo. La necesidad de ​completar​ el cuerpo con objetos portadores de sentidos ha estado presente en todas las culturas y todos los tiempos, desde que despertó la conciencia simbólica en el homo sapiens, si no antes, como nos lo dejan saben los hallazgos arqueológicos. Hoy día las joyas siguen siendo nuestras acompañantes cotidianas, a veces de manera notoria y llamativa, pero en la vida diaria, las damos casi por sentado. Aun cuando siempre están ahí en la forma de un anillo de matrimonio, una delicada cadena o un discreto par de aros.



De la herrería podríamos decir lo opuesto, generalmente asociamos sus productos con fines utilitarios y sin duda necesarios: para nuestro caso, por ejemplo, un portón cierra y protege. Sin embargo, su grado de ornamentación excede lo funcional y claramente corresponde a la categoría de exceso descrita arriba. Así vemos cómo las joyas son más necesarias y las herrerías ornamentales menos meramente funcionales de lo que parecen a primera vista.
En conclusión, el adorno podría ser categorizado como superfluo incluso, como fue el caso durante el ya fallido proyecto modernista, un crimen. Pero lo cierto es que el ornamento fue el producto de nuestros primeros logros simbólicos y, hoy, que hemos hecho las paces con él como parte de nuestra humanidad, continúa siendo su potente portador. Así mismo vamos haciendo las paces con un patrimonio histórico constructivo antes estigmatizado, vamos rescatando sus diversas dimensiones de valor y reconociendo en él nuestra humanidad.
Cuando hablamos de comparar entre joyas y herrerías, no hay que dejar de lado otro importante asunto, un cambio de escala no menor. Si bien hemos visto que el recorrido de la herrería a la orfebrería es relativamente directo, este implicó para Valenzuela y Rodríguez un paso hacia la miniaturización: de las joyas para una fachada, a las joyas para el cuerpo humano. Dar este paso supuso la investigación técnica y material que permitiese llegar a las joyas de cobre que forman la muestra. Y el resultado es realmente precioso. Portones se convierten en pequeños y delicados encajes para el cuello, pecho y orejas. Volutas, hojas, uniones, todo en cobre y en pequeño. En términos simbólicos, esta transferencia de escala tiene también una importante consecuencia: resulta en la posibilidad de crear un patrimonio portátil, liberado de la muralla, que el usuario puede llevar consigo y exhibir ante otros y en cualquier lugar, explotando así otra cualidad fundamental del objeto de joyería: siendo su espacio de exhibición última el cuerpo del usuario, la joya tiene el potencial de quedarse en casa o salir a la calle.
De esta manera, las joyas de ​Forjadas​ nos invitan a ​cargar con​, es decir hacernos cargo de la historia de la ciudad. Estas joyas nos empoderan a poseerla, como si a través de ellas pudiésemos reapropiarnos de un hilo abandonado, que no hilvana sino el relato de las redes de relaciones entre ciudadanos de diversas clases, articulado por maestros artesanos que dedican su vida y sus manos a realizar objetos de cultivada belleza para el disfrute de otros. Y de tiempos en la historia de la ciudad de Santiago, en que el cuidado y el cariño por el objeto bien trabajado y el trabajo bien hecho, reinaban sobre la economía utilitarista. Un tiempo en que nuestro trabajo nos unía en comunidad, en lugar de alienarnos.

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